Espacio abierto dedicado al estudio de las historias locales de los municipios de Castro del Río (Córdoba), Porcuna (Jaén) y Motril (Granada), así como sus adyacentes. Recomiendo la utilización del apartado de comentarios para aportaciones, consideraciones, críticas o rectificaciones. De igual manera, está disponible para quienes deseen colaborar con la publicación de artículos o aportando documentos, sobre cualquier tema de carácter histórico relacionado con dichas poblaciones.

22 marzo 2014

De re bellica et artística Obulconensis: “Imprecisiones propagandísticas de un guerrero”.




   “En una Iglesia de piedra labrada y bóvedas de mármol blanco y negro, queda todavía, en el ábside, una obra del pintor cordobés Julio Romero de Torres. La Virgen, sobre una nube de nácar, se eleva majestuosa hacia el cielo envuelta en un revoloteo de alas angelicales y miradas de despedida. En el suelo quedan mujeres cubiertas con largas túnicas y mantos de color celeste y con semblantes de recogimiento interior, como si sus labios rezaran una oración. Todo sobre un fondo de graves tonos de amanecer que completa la sublimidad del cuadro". 

     De esta somera y angelical manera explicaba el alférez provisional Segismundo Díaz Bertrana la composición iconográfica de la pintura mural de la Asunción de María ejecutada por Julio Romero de Torres en el ábside del presbiterio de la Iglesia Parroquial de Porcuna (Jaén) entre los años 1903 y 1905. 
     Este joven militar había llegado hasta la localidad enrolado en una Bandera de la Falange Canaria a la que, junto a otras unidades, se le confió la misión de guarnecer la plaza una vez tomada por las tropas insurgentes el primero de enero del año 1937.
     Aparece inserta dentro del típico artículo de propaganda en el que se arremete contra la manida furia iconoclasta desplegada por los rojos “empeñados en la destrucción de todo lo que signifique un atisbo de religiosidad, de arte o de historia” (injusta y trasnochada generalización que anida todavía en muchas cabezas).


      Dejemos que el falangista canario nos siga ilustrando sobre los tesoros artísticos afectados:

     “La iglesia parroquial de este pueblo, una iglesia de sobrio estilo románico, su planta en forma de cruz de Calatrava con sus brazas de Norte a Sur, tenía obras de arte—pintura y escultura—de verdadero valor nacional.
     Había una estatua de Jesús hecha por Mena. La imagen era la de más valor y mejor que adornaba la Santa Iglesia. Su cara mostrando el sagrado ungimiento de todo rostro divino, a la vez humildad y misericordia. El cuerpo, en proporción justa y medida, daba la contextura exacta del Redentor. Era todo una obra maestra. Un producto de la ardiente imaginación de Mena. En él puso, quizá, su mejor inspiración y su más fiel empeño de imaginero.
    Era esta imagen de Nuestro Padre Jesús, como la llamaban estas viejecitas y gentes del pueblo todas con profundo respeto, una obra de gran estima para el Arte Español.
    El afán de destrucción siempre vivo en los rojos, hizo que esta imagen fuera echada a una hoguera con todos los santos de la Iglesia y allí, en llamaradas y humo que subían al cielo, quedaron sus cenizas”.

Jesús Nazareno desaparecido en 1936 (atribuido por tradición a Martínez Montañés)
    Se advierte que el articulista, en tareas de corresponsal para la prensa de su región, no debió de ser demasiado riguroso ni meticuloso a la hora de documentarse sobre el patrimonio histórico artístico que albergaba el templo parroquial de Porcuna, convertido en Casa del Pueblo durante el periodo revolucionario, incluso, hasta pudiera darse el caso, de que tal cúmulo de imprecisiones, errores y falsedades sean premeditadas con el único fin de de dotar a su discurso de la necesaria grandilocuencia y justificación.


     Habida cuenta de que la inauguración del nuevo templo parroquial era relativamente reciente en el tiempo (1910), la mayoría de las imágenes religiosas, que tuvieron la suerte de ser pasto de las llamas y rodar por las escalerillas de la iglesia durante aquellos primeros días de inflamada ira contra el poder terrenal de aquella Iglesia reaccionaria tradicionalmente aliada con los poderosos, carecían aún de la suficiente solera artística.
     Para el cronista D. Eugenio Molina en su libro “La ciudad de Porcuna” publicado en 1925, el merito artístico de las imágenes que encerraban los templos de Porcuna antes de la guerra era más bien escaso, “exceptuando una notable escultura de Cristo en el Sepulcro, que hay en la Iglesia de San Benito, y otra no menos notable y hermosa de Jesús Nazareno que se venera en el Santuario de su nombre, y que es objeto de ferviente adoración por los hijos de este pueblo. Ambas esculturas son dos antiguas y acabadas obras de arte, de tamaño natural, atribuidas al famoso escultor Martínez Montañés”.
    Sorprende la falsa atribución del Nazareno de Porcuna al imaginero barroco granadino Pedro de Mena, máxime cuando, con casi absoluta seguridad, el reportero tuvo que tener entre sus manos el libro de Don Eugenio Molina, que también utilizó a la hora de redactar otro artículo relacionado con la historia local (Aires de Historia: Porcuna bajo las Banderas de la Falange isleña).
    Creemos que el nombre de Mena le viene como anillo al dedo a la hora de magnificar el estropicio entre los destinatarios de sus artículos, sus paisanos, los lectores del diario Falange de Las Palmas. Además le sirve para conectar con otros atentados cometidos contra el patrimonio religioso años atrás. El nombre de Mena adquiere especial difusión fuera de los ámbitos culturales y académicos a partir de la destrucción del famoso Cristo de la Buena Muerte de Málaga acaecida durante los disturbios anticlericales de mayo de 1931, recién proclamada la II Republica.
     Mentiras piadosas dirigidas a los de su comunión de ideas, que precisan de la pertinente aclararación.



     Recurre a similar artificio a la hora de ocuparse de los daños sufridos por las pinturas murales del por entonces ya desaparecido pintor cordobés Julio Romero de Torres:

     “El ensañamiento de los rojos con todo lo que signifique religiosidad no paró en echar todos los santos en la hoguera. Había en esta misma Iglesia, en las Capillas del Sagrario y la Purísima, en la primera una Santa Cena y en la segunda la Sagrada Familia, ambas pinturas de Julio Remero de Torres. A los rojos parece que les molestaba que estas pinturas, representantes de varios aspectos de la vida de Jesucristo, estuvieran en aquellos muros. Para que no vieran más cogieron un bote de mala pintura y aguarrás embadurnando y chapoteando estos decorados en los que la paleta de Romero de Torres había esmerado su trabajo, hecho gratuitamente como recuerdo a la ciudad de Porcuna”.


    Desconocemos si durante los aproximadamente cinco o seis meses que el ilustrado falangista permaneció destinado en el frente de Porcuna sería capaz de recabar informaciones veraces sobre quienes fueron, con anterioridad a “la barbarie roja”, los primeros a quienes empezó a resultar molesta e incómoda la presencia de aquellas pinturas murales de Romero de Torres dentro de la casa de Dios.




    Prejuicios morales, prácticamente desde la inauguración del templo en 1910, motivaron una sostenida polémica entre los elementos liberales, amigos del pintor y promotores del encargo, y las fuerzas más conservadoras, que pronto encontraron en el rostro de la Virgen de la Sagrada Familia el reflejo de una nativa de dudosa moralidad, que por lo visto le había servido de modelo. Con respecto al semblante de rostro de Jesucristo, que aparece presidiendo el mural de la Santa Cena, también circularon toda clase de comentarios y comparaciones. 



   La progresiva fama de “pecador e inmoral” que arrastrará el pintor, creemos que terminaría siendo decisiva en la resolución final del conflicto.
   El  señor cura párroco, Don Ramón Anguita Carrillo, con el más que presumible visto bueno de las autoridades eclesiásticas provinciales, terminaría cediendo a las pretensiones y deseos de aquellos sectores más retrógrados de la sociedad local.
     Unos retablos de madera, de escasa calidad en cuanto a material y factura, terminarían ocultando ambos murales. Tuvieron que practicarse algunas perforaciones sobre los mismos con el fin de anclar los retablos.
    Se viene barajando el año 1917 como fecha de su colocación, aunque si damos crédito a la que aparece en la ficha del manuscrito original del Catálogo Monumental de la Provincia de Jaén (1913-1915), habría que retrotraerla, cuanto menos, al año 1915. A Enrique Romero de Torres no le pasa desapercibido el desaguisado cometido contra las pinturas de su hermano Julio:

     “La Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción es moderna. Fue consagrada hace pocos años y es un magnífico edificio de cantería costeado por todos los vecinos de la villa.
     Está decorada con gusto y la cúpula del presbiterio así como las dos capillas laterales pintadas al temple por el ilustre artista Sr. Romero de Torres (Don Julio) en el año de 190. Hace poco, dentro de estas capillas, han tenido la mala idea de colocar dos altares de madera de mal gusto, los cuales no dejan ver las pinturas que representan  respectivamente La Cena y la Sagrada Familia”.

   A los años 1914 o 1915 pertenece precisamente la fotografía de la cabecera. Se trata de un detalle de la original realizada por un anónimo fotógrafo contratado por  la Casa Editorial Alberto Martín de Barcelona para que le proporcionara material gráfico con el que componer sus famosas series de Porfolios Fotográficos. La que mostramos a continuación no sería finalmente incluida en el cuadernillo correspondiente. De haber estado despejados los murales de los ábsides laterales, y pese a la falta de luz natural de las capillas, el objetivo de este profesional pudiera habernos transmitido muestras de su factura original.



    Después de esta obligada alusión a los primeros avatares históricos de la estas pinturas religiosas producida por Romero de Torres, retomaremos la falsedad propagandista en torno a los desastres de la guerra.

    Noticias aisladas y precipitadamente inexactas sobre los daños ocasionados a las pinturas aparecieron publicadas en la prensa nacionalista a los pocos días de entrar en la ciudad la columna mandada por el Tte. Coronel Redondo:

ABC de Sevilla (6 de enero de 1937)

     La machaconería se convierte en una eficaz arma al servicio de la propaganda. En el mes de marzo de 1937, noticias suministradas desde Burgos por los servicios oficiales de prensa y propaganda del Cuartel General del Caudillo eran reproducidas en la mayoría de las cabeceras de prensa de la España Nacional:

    “Ayer se ha descubierto que los frescos de la iglesia de Porcuna, debidos al pincel del glorioso pintor cordobés Julio Romero de Torres, fueron estropeados por los rojos horas antes de la llegada de nuestras tropas a dicho pueblo.
     Los salvajes marxistas, para dar una prueba de su amor a la cultura y al arte, embadurnaron las pinturas con cal.
     Los vecinos de Porcuna han protestado indignados del salvaje atentado y pedido a las autoridades que se imponga un castigo ejemplar a sus autores en el caso de que fuesen capturados”.
(Diario de Córdoba 14 de marzo de 1937)

     Castigos de desigual naturaleza les esperaban a los hijos de Porcuna situados entre los defensores de la legalidad republicana. Entre ellos se encontraba un joven socialista llamado Andrés Cabeza Millán, pintor y decorador de formación autodidacta, responsable último de los “presuntos daños” sufridos por las pinturas tan reiteradamente aireados.
     Su trabajo le tuvo que costar a este buen hombre convencer al aparato represivo del nuevo régimen de que su valiente intervención había sido preservadora. Sus méritos han sido recientemente reconocidos oficialmente al otorgársele la Medalla de Plata de la ciudad de Porcuna, a título póstumo (recomendable el visionado del video del acto de entrega de distinciones en el que el historiador y arqueólogo Pablo Casado Millán traza un documentado esbozo del homenajeado).

     Los pormenores de su actuación en defensa del patrimonio los conocemos gracias a Don Manuel Bueno Carpio, que en su tesis de licenciatura en Bellas Artes publicada bajo el título de “La Parroquia de Porcuna y los murales de Julio Romero de Torres” en el año 1992, incluye una entrevista con Andrés:

    "En el mes de agosto de 1936 fueron destruidos y quemados todos los retablos de la iglesia y convertido el edificio en “Casa del Pueblo”. Entonces aparecieron en toda su belleza las pinturas murales y los daños ocasionados por los boquetes abiertos para la colocación de los retablos. Ahora estaban realmente expuestas a desaparecer.
    En conversación mantenida el día 13 de abril de 1984, Andrés nos decía, que habiéndose dado la orden de picar los murales, convencí a los dirigentes del Frente Popular de que las obras de arte debían ser respetadas para futuras generaciones. Me comprometí personalmente a taparlas sin que sufrieran deterioro. Los amenacé de escribir una carta al Ministerio de Instrucción Pública, si así no se hacía. Finalmente conseguí permiso para taparlas y lo hice con pigmentos y agua cola. Pinté en la parte central de los murales el antiguo escudo del partido socialista y en la parte exterior una mano señalando el siguiente texto: aquí hay un cuadro de la Santa Cena pintado por Don Julio Romero de Torres. Lo mismo hice en el otro mural. Pasada la contienda tuve que demostrar que las pinturas no habían sido dañadas".


    Esta imagen, tomada del exhaustivo y documentado trabajo monográfico publicado por de Don Manuel Bueno, se corresponde con el momento en que fueron retirados unos segundos retablos colocados a finales de la década de los cuarenta, justo al emprenderse su restauración en el año 1974, enmarcada ésta dentro de la conmemoración del centenario del nacimiento del pintor cordobés. Se aprecia algo borroso el primitivo emblema del P.S.O.E. (yunque, libro, pluma y tintero) que pintara Andrés Cabeza.


     En esta segunda fotografía, de igual procedencia, se puede apreciar la magnitud de los daños (numerosos boquetes) ocasionados durante las sucesivas operaciones de instalación de altares y retablos.
     Sólo podemos poner algo de incertidumbre o reparo personal al testimonio de Andrés Cabeza. Si damos crédito al cien por cien a sus consideraciones, resultaría que los elementos dirigentes del Frente Popular de Porcuna estaban desprovistos por completo de sensibilidad artística, se mostraron condescendientes con la famosa furia iconoclasta o fueron incapaces de sujetar la ira anticlerical durante aquel complicado contexto político-social posterior al golpe de estado del 18 de julio de 1936, con el que arrancaba la guerra civil española.

     Las generalizaciones suelen pecar de injustas. Por ejemplo, no creemos que dentro del saco sucio estuviese el veterano republicano Rafael Juárez Quero, que debía de gozar de cierta ascendencia en el seno del comité local del Frente Popular. Estamos ante un personaje, que como bien dicen Todos los Nombres de Porcuna en una de sus entradas de blog, se hace acreedor a la reparación de su dignidad, por su incuestionable condición de “luchador incansable, de buen orador, mejor escritor, denostado y olvidado por la historiografía local de ayer y hoy”.
     Con independencia de que sus postulados ideológicos estuviesen impregnados por el ateísmo y el librepensamiento, ya desde su primera etapa como concejal apostaría por una salida racional con la que subsanar aquel enojoso y mojigato olvido al que parecían estar condenadas estas pinturas murales de Romero de Torres.

Alférez José Gallo Martinez (1900-1921)

     En la primavera del año 1922, el pintor cordobés permaneció unos días en Porcuna alojado en casa de su amigo José Julián Gallo, que hacía poco había perdido al mayor de sus hijos (Alférez José Gallo) en la guerra de África. Aprovecharía la estancia para sacar de su perrera un cachorro de galgo negro, que a la postre terminaría convirtiéndose en su inseparable compañero (Pacheco), así como para entrevistarse con el señor cura párroco en pro de un posible apaño.
     Pese a que el pintor se mostró dispuesto a realizar nuevos bocetos de la Virgen y a restaurar los daños causados al instalar los retablos, todo siguió conforme estaba.
     En agosto de ese mismo año 1922,  llegaría hasta el Ayuntamiento de Porcuna un oficio remitido por la Delegación Provincial de Bellas Artes solicitando informes al respecto. Oficio, más que probable, fruto de una denuncia previa presentada por el concejal republicano Rafael Juárez.
     Proclamada la II Republica, en una de las primeras sesiones (7 de mayo de 1931) de la nueva corporación municipal, presidida por Manuel Alcalá Ramos del PRR (Partido Republicano Radical) y compuesta por otros 6 concejales de su misma filiación, 7 socialistas, 3 conservadores y 2 liberales, a propuesta de los concejales de la mayoría republicana, señores Rafael Juárez Quero y Antonio Quero Aguilera, se solicita sea elevado escrito a la Dirección General de Bellas Artes.
    Heredia Espinosa, desde sus posicionamientos ideológicos, en su Historia de Porcuna, califica como de artera la maniobra de estos concejales anticlericales, y de insidias contra el cura párroco sus denuncias, al parecer, desestimadas por las comisiones investigadoras llegadas al efecto.

Don Ramón Anguita Carrillo
    A nuestro entender, creemos que a las autoridades republicanas en este, y otros muchos asuntos, les paso lo mismo que a esa otra inmortal pareja protagonista de El Quijote: “Amigo Sancho con la Iglesia hemos topado”.
    Se da la paradójica circunstancia de que el concejal lerrouxista Antonio Quero Aguilera, que llegará a ser alcalde durante buena parte del denominado Bienio Negro, a la par que su partido, fue evolucionando hacia los posicionamientos de la derecha. De hecho su nombre figura entre las víctimas causadas por la izquierda
   Rafael Juárez Quero tenemos entendido que abandono pronto las filas del PRR para ingresar en el Partido Republicano Radical Socialista, liderado a nivel nacional por Marcelino Domingo. Desconocemos si llegó a reingresar como concejal en el ayuntamiento constituido tras las elecciones ganadas por el Frente Popular en febrero de 1936,  y de qué manera le pudo haber afectado la represión franquista. Animo a los amigos de Todos los Nombres de Porcuna, a quienes creemos suficientemente documentados al respecto, a que nos despejen la incógnita.


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