Espacio abierto dedicado al estudio de las historias locales de los municipios de Castro del Río (Córdoba), Porcuna (Jaén) y Motril (Granada), así como sus adyacentes. Recomiendo la utilización del apartado de comentarios para aportaciones, consideraciones, críticas o rectificaciones. De igual manera, está disponible para quienes deseen colaborar con la publicación de artículos o aportando documentos, sobre cualquier tema de carácter histórico relacionado con dichas poblaciones.

01 abril 2012

De un Motril mártir y en desgracia: "El conflicto de los obreros portuarios (1935-1936)".


     En alguna que otra ocasión me he servido expresamente de hechos históricos para buscar parangón o equivalencias con situaciones del presente. Partiendo de la premisa, de que me ubico entre quienes cuestionan la absoluta objetividad de esta disciplina humanística, por aquello de que de alguna manera terminan aflorando las filias personales entre quienes se embarcan en su estudio, especialmente cuando se abordan cuestiones políticas y sociales de periodos históricos recientes, es por lo que recurro, una vez más, a dicha fórmula, asumiendo posibles criticas de subjetividad manipulativa.
     Un tópico muy difundido advierte que “los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla”, aunque hay otro que dice que “cuando se repite lo hace una vez como tragedia y la segunda como farsa”.
      La tragedia que vamos a referir se encuentra de momento instalada en el pasado, aunque llamando a las puertas del presente, mientras que la farsa del pasado si tiene en este caso, desde mi punto de vista, un claro reflejo en el presente.

     El asunto de las  infraestructuras, como motor de desarrollo para la costa granadina, hasta hace relativamente poco tiempo, aparecía con machacona asiduidad en los más o menos independientes medios de comunicación locales y provinciales. Las inconclusas autovías o ese proyectado corredor férreo mediterráneo, que finalmente parece ser que no pasará por Motril, han sido esgrimidos y reclamados ferviente y legítimamente por plataformas ciudadanas respaldadas por los poderes públicos locales, frente a una administración central impotente ante la pérdida de liquidez ocasionada por la progresiva crisis económica instalada en el país .
    Tras producirse el relevo en el gobierno de la nación, esas voces, como por arte de magia, parecen haberse acallado. La resignación y la austeridad se imponen, y además no paran de emitirse mensajes sobre el deber ciudadano de arrimar el hombro o el tan cacareado apretón de cinturón para evitar que cualquier día nos quedemos con el culo al aire. 


      Expectativas y situaciones similares se exteriorizaron durante la década de los treinta del pasado siglo XX, en torno a la finalización de las obras del Puerto de Motril, en el que se venía trabajando, a tirones, desde los primeros años del siglo, y que por unos motivos o por otros, se vieron sometidas a frecuentes paralizaciones.
      Nos centraremos en el conflicto surgido en el mes de septiembre de 1935, a raíz de que la Compañía Hispano-Holandesa, adjudicataria del proyecto de construcción de nuevos diques y muelles, de manera unilateral adoptará la resolución de paralizarlas alegando tardanza en los libramientos por parte de la administración. 


     Desde las páginas de “El Noticiario Granadino” se reclamaba una urgente e inaplazable solución, esgrimiéndose razones de peso, muy similares a esas otras que hasta hace poco eran aireadas a los cuatro vientos:
     “Es de inaplazable y urgente necesidad acabar el puerto motrileño, por la vigorización que su pleno funcionamiento supondrá para la economía costeña… Se ha dicho multitud de veces que el puerto impondrá la construcción de un ferrocarril que acabe con la vergonzosa incomunicación ferroviaria de Granada con su costa, en la cual debiera terminar la vía ancha desde Madrid, ya que, por ser una recta, constituiría la más rápida línea de enlace con nuestro litoral del Rif. El tren acabaría en Motril, y allí, en el puerto, ya habilitado excelentemente para la navegación, se podría tomar el barco que en pocas horas atracase en Alhucemas o en Melilla.”
     “Es lástima que el porvenir de todo un litoral esplendido, como el nuestro, se vaya malogrando con la eternización de esos trabajos, que a este paso no llevan visos de acabar. ¡Como si no urgiera ello, como si no se tratase de algo decisivo para una costa magnífica de producción y tan bella como olvidada de quienes más debieran de ayudarla!”

(En El Sol 16 de octubre de 1935)






     De alguna manera,  se cuestiona la eficacia gubernativa de la coalición Radical-Cedista, instalada al frente de los destinos de la nación en el seno de aquella republica democrática de trabajadores de todas clases, cuyos partidarios tenían también a su cargo la administración local de la ciudad de Motril.
     Independientemente de que se vieran truncadas esas razonables expectativas de futuro, o de la inevitable utilización política del caso, los damnificados directos de tal situación serían los doscientos obreros despedidos y sus respectivas familias, lo que no vino sino a agravar la dura crisis de trabajo que ya se venía sufriendo desde atrás en la población.
     El tradicional recurso a la obra pública, por parte de los ayuntamientos para mitigar la crisis de trabajo, se hace inviable en aquel contexto, ante la penosa situación económica por la que atravesaban las arcas municipales, que para poder responder a una deuda contraída con el Banco de Crédito Local tiene que recurrir a los famosos e impopulares Repartos.
      La prensa, de determinada línea editorial (contraria al gobierno republicano de centro derecha), se hace eco de tales circunstancias y del malestar reinante entre la población, con titulares como “Motril Mártir” o “Motril en desgracia”, alegando la tardanza por parte del gobierno de soluciones rápidas y eficaces con las que atajar tan desesperada situación.
      El paro sufrido por los obreros portuarios habría que sumarle la agravante circunstancia de una deuda, por valor de 200.000 pesetas en jornales (100.000 para la prensa progubernamental), que tenía contraída la empresa con los trabajadores, cuyo pago efectivo se iría dilatando en el tiempo.



     De la evolución de este dramático conflicto, así como de la profunda y triste miseria a la que se vieron avocados estos trabajadores y sus respectivas familias, nos da cumplida información el periodista José Cirre Jiménez, en un reportaje publicado en la revista Mundo Gráfico, ilustrado con unas espectaculares y poco conocidas fotografías de los barracones instalados en la playa de poniente, donde tuvieron que alojarse tras ser desahuciados por sus caseros y en espera de una pronta solución.
     Aunque las fotografías hablan por sí solas, el texto que las acompaña, fruto de la observación directa del reportero, no se queda atrás en detalles descriptivos:

     Son varios meses ya de miseria y de hambre. En los primeros días los comerciantes modestos de Motril pudieron fiar. Después les fue ya imposible y los trabajadores no tuvieron donde acudir. La deuda de la Empresa a los obreros significaba el debito de estos hombres humildes al comercio de la ciudad.
     Y así, muchos comerciantes se vieron también en la ruina, al perder en el fiado las tres o cuatro mil pesetas de crédito que les permitía tener su modesto negocio.
     El que últimamente haya ido a Motril habrá podido ver por sus calles hombres extenuados de expresión famélica y dolorida. Son los obreros del puerto, que van de calle en calle y de puerta en puerta mendigando.
     No tienen ya nada que vender ni que empeñar. Sólo les queda ese dolor de tener que vivir de la limosna de los demás. Así han pasado días y días sin que llegase una solución…



     Se carece allí de lo más indispensable, de lo que es elemental para la vida, por simple y sencilla que ésta sea. Son doscientas chozas construidas en una zona pantanosa, germen de peligros y enfermedades. Las mujeres lavan las ropas en aguas pestilentes y estancadas. A veces, las familias tienen que levantarse bruscamente despertadas de su sueño por las inundaciones frecuentes, para salvar los escasos enseres de cada vivienda.
    Viven del escaso pescado que desde la playa pueden coger. En los chiquillos descalzos, en las mujeres desnutridas, en los hombres agotados, se reflejan la miseria y el hambre pasados estos meses últimos.
    Todo un cuadro de necesidad y de dolor, en chozas misérrimas, junto al mar, que tantas veces entra en las chozas de los pobres desvalidos.



     La compañía, en un principio, se limitará a dilatar la situación con falsas promesas de liquidación, alegando hallarse a la espera de una inmediata llegada de los libramientos por parte de la Jefatura de Obras Públicas, que no terminaban de hacerse efectivos. En vísperas de las navidades la empresa se compromete a pagar semanalmente 15.000 pesetas al objeto de quedar la deuda cancelada en su totalidad  a finales de Enero de 1936. Nuevo incumplimiento y unos ánimos cada vez más crispados.

Ideal 11 de Enero de 1936

     El recurso a la vía jurídica también se muestra ineficaz. El  Jurado Mixto de la construcción falló el embargo de material de la compañía: vagones, pequeños trenes, cojinetes, zapatas, ruedas, tornos, pontones…:
    “Pero con todo ello los trabajadores no podían remediar su miseria. Aun suponiendo que alguien quisiera comprar lo embargado, la cantidad en pago sería irrisoria en relación con la importancia de la deuda”.
     Ante tan acuciante situación, ya inmersos en aquella crucial campaña electoral para las elecciones a diputados a cortes de febrero de 1936, surgen los primeros rumores y temores ante posibles desordenes, en base a una especie de ultimátum lanzado por los trabajadores.

Ideal 5 de febrero de 1936
    Desde los poderes locales, aparte del envío de telegramas al ministro del ramo implorando una pronta solución, a lo más que se llega es a autorizar la apertura de una suscripción en favor de estas familias y la concesión de permisos para mendigar por las calles. Aquellos obreros más rebeldes y reivindicativos, que no se resignan a la fórmula de la mendicidad , se plantaron en el Ayuntamiento al objeto de que el señor Alcalde atendiera sus demandas para ser empleados en las obras de pavimentación de varias calles del municipio, emprendidas con una partida especial librada por el gobierno en vísperas de elecciones.
    Los rumores que corren sobre una fórmula de arreglo, de los que se hace eco el diario Ideal (pro Acción Popular - CEDA), tras ser llevado al asunto a las deliberaciones del Consejo de Ministros, parece guardar relación con las expectativas de la campaña electoral.
    Pese a la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, el problema seguiría aun latente durante algún tiempo. Cunde la impaciencia, y los obreros parecen mostrarse dispuestos a iniciar una marcha a pie sobre Madrid, “para hacer ver al poder público, de modo expresivo, la dramática realidad del problema”.

La mujer de un obrero del puerto
(Fotografías Moral)

    Se pospone la marcha y se opta por remitir al Ministro de Obras Públicas, un corto pero incisivo telegrama recordatorio:

   “Doscientos obreros del puerto de Motril llevamos ocho meses sin cobrar jornales ganados, que importan doscientas mil pesetas. Ni el Jurado Mixto ni las autoridades que hemos padecido consiguieron resolver el conflicto. Tan pronto tomó V.E. posesión del ministerio le informamos sobre el asunto y esperábamos que la solución fuera cuestión de varias horas, trascurren los días y ni obras Públicas ni Junta Nacional contra el paro autorizan una fórmula que permita acabar con este vergonzoso caso.
    Reiteramos nuestra petición y confiamos en que las auténticas autoridades republicanas amigas de los obreros resuelvan el conflicto sin más dilaciones, que no permite la miseria de nuestros hogares. Por los obreros del puerto, Fernando Pérez Domínguez e Ignacio López García. 

(Publicado en El Heraldo de Madrid el 2 de marzo de 1936)




    Presumo que detrás de la redacción de este agudo e incisivo telegrama debería estar el joven abogado y escritor motrileño Francisco Pérez García, implicado en la defensa de los obreros. La invocación a las “auténticas autoridades republicanas” surtió rápido efecto, y apenas unos días después llegaba hasta la ciudad de Motril, un telegrama remitido por Fernando de los Ríos notificando la resolución del conflicto. Se tuvo que recurrir al dinero que la Compañía había depositado en su día, en concepto de fianza, para que finalmente pudieran hacerse efectivos esos jornales adeudados.
     Sinceramente cuesta entender como dicha resolución no pudo ser adoptada ocho meses antes, habiéndose evitado todo ese cúmulo de penalidades.
    Aunque el reportaje de Mundo Gráfico (publicado el 15 de abril de 1936) responde claramente  a la necesidad de publicitar las políticas sociales del nuevo gobierno republicano, coincidiendo con la celebración del V aniversario de la proclamación de la Republica, la información que nos proporciona, no difiere en lo esencial  por la suministrada por el Diario Ideal (cercano a Acción Popular), de la que también hago uso comparativo.


3 comentarios:

  1. Muy buena la remembranza. Pero a las citas del principio yo añadiría y con preferencia la de Angel González de aquel su célebre poema en el que decía: "La historia de España es como la morcilla de mi pueblo. Se hace con sangre, y se repite."

    ResponderEliminar
  2. Que toda la sangre que veamos sea de morcilla o frita encebollada. No seas pájaro de mal agüero. Lo que no termina de cuadrarme son esas interesadas invocaciones a la resignación por parte de aquellos que siguen atando los perros con longaniza.

    http://trianarts.com/significado-de-frases-hechas-atar-los-perros-con-longaniza/

    ResponderEliminar