Espacio abierto dedicado al estudio de las historias locales de los municipios de Castro del Río (Córdoba), Porcuna (Jaén) y Motril (Granada), así como sus adyacentes. Recomiendo la utilización del apartado de comentarios para aportaciones, consideraciones, críticas o rectificaciones. De igual manera, está disponible para quienes deseen colaborar con la publicación de artículos o aportando documentos, sobre cualquier tema de carácter histórico relacionado con dichas poblaciones.

29 octubre 2011

"Entre garamantas fieros" (sobre la estancia de Bartolomé Gallardo en Castro del Río)


Retrato caricaturesco

    Ya he referido, en alguna que otra ocasión, los años de confinamiento o residencia forzada sufridos por el polifacético extremeño (escritor, bibliófilo, bibliógrafo, bibliotecario, periodista, político, poeta…) Bartolomé José Gallardo en Castro del Río (1827-1831), y de qué manera  se las hicieron pasar las famosas huestes absolutistas de esta villa cordobesa, hasta donde sería derivado ex profeso por el subdelegado del gobierno absolutista de Fernando VII en Córdoba, expuesto a merced de aquellas.
    La especial animadversión de realistas y absolutistas en su contra obedece al espíritu de amplia libertad que trasmite en algunas de sus obras y a su valiente animosidad hacía quienes «tratan de vedarnos el uso del pensamiento, y cuando necesitamos ver más claro, apretamos nudo sobre nudo la venda del error y la ignorancia». Sus análisis sobre el tradicional atraso cultural del país podían resultar molestos para los cómodamente instalados en los privilegios que les otorgaba el Antiguo Régimen: “España es un país desgraciado; en la mayor parte de sus pueblos y aldeorrios, todos los vecinos ponen la señal de la cruz por no saber firmar; no hay libros en ellos, a lo sumo se encuentran el breviario del cura, el catecismo, algún Belarmino, o el David perseguido y alivio de lastimados».
   Las dos citas pertenecen a su famoso Diccionario crítico-burlesco, publicado por primera vez en 1812, en el Cádiz de las Cortes, que desencadenó la ira de obispos y reaccionarios contra él por su aguda y mordaz sátira que le dedica el tradicional oscurantismo español.

Edición de 1838

    Su amor por los libros pudo medio saciarlo durante su retiro castreño gracias a la amistad salvadora que trabó con Fray Juan de Castro y la comunidad de frailes carmelitas calzados de Castro del Río, de cuyo convento era vecino, y del que terminaría haciéndose habitual, atraído por su biblioteca. Se daba el título entre los frailes de Sr. Forzado o Sr. Bartolo.
   No debía ser un anticlerical tan irredento, cuando en más de una ocasión a lo largo de su vida buscaría el sosiego y el retiro de un convento:

    “Le he visitado en su habitación a la que se ha mudado recientemente del convento de Monserrate, calle muy excéntrica de la Corte. Es de notar cómo se aviene a vivir y estrecha su amistad con frailes, quien tan hostil se les muestra en escritos y conversaciones. Me ha indicado que ciertas consideraciones le obligan a oír misa cotidianamente… En su albergue monástico no había sillas para sentarse, sino una cama, una mesa y muchos infolios, que prestaban el oficio de sofás o taburetes” (1).

    La copiosa correspondencia que remitió desde Castro nos sirve también para conocer detalles sobre el trato recibido por parte de sus acérrimos enemigos y otras circunstancias de su confinamiento:

    “Fui desterrado a esta insigne villa de Castro del Río, donde ha más de un año que me tienen vegetando como un hongo” (2).

   Casi recién llegado tuvo que sufrir la acometida del lapidario Carrasquilla que le arreó con un canto en la cabeza, en medio del día con toda la impunidad, provocándole daños en el oído, hasta el extremo que casi le deja sordo (3).
   Otro realista, J. Ambrosio irrumpió en su busca en la vivienda del Llano Convento donde se alojaba en compañía de una familia humilde. Los caseros que llegaron a denunciar el caso, tuvieron que retirarla presionados por instancias superiores (4).

Convento del Carmen Calzado de Castro del Río
Tomado de la acuarela de Pier Maria Baldi


   Otro día cuando transitaba por el acerado de la calle Corredera en dirección al Convento se topó de frente con la batería realista de Tomás Aguilar, cuyo sargento, un tal Rafael Bravo, sacó del bolsillo unas monedas y dirigiéndose a Don Bartolo pronunció las siguientes palabras:

   “Aquí están cinco duros para el guapo que a este hombre me le dé una puñalada, y se le deja en el sitio que no tema, que yo salgo a todo” (5).

   La claridad y descaro con la que interpeló en cierta ocasión a las autoridades locales por su pasividad ante tal cúmulo de abusos y despropósitos, le trajo aparejada una invitación para pasar unos meses de reclusión en la vieja cárcel de Castro, denominada popularmente como Higuerillas ( entonces en Plaza Real nº 2 ) :

   “Una vez se expresó hallándose en las casas del ayuntamiento de Castro, diciendo que las leyes no se extendían a las opiniones sino a los actos exteriores únicamente, y que el siempre pensaría como mejor le pareciera, sus enemigos, aprovechándose de esta confesión que creyeron o afectaron que era criminal, le formaron causa en 1829, y lo tuvieron preso en la cárcel algunos meses, de la cual salió después de haber sufrido los disgustos y malos ratos que se dejan entender, y tenido que hacer gastos, tanto más gravosos, cuanto Gallardo no disfrutaba de facultades muy amplias” (6).

    El instigador principal de este hospitalario trato dispensado en Castro a tan distinguido huésped, no era otro sino Lorenzo Antonio Calderón, Comandante del Batallón de Voluntarios Realistas acuartelado  en el castillo de la villa, herederos de aquella famosa Brigada de Carabineros sublevada durante el trienio constitucional.



    El propio Gallardo en su correspondencia, poco antes de abandonar definitivamente la villa del Guadajoz, sibilinamente le señala como responsable directo del cúmulo de humillaciones referidas:

   “Últimamente era ya bien visto y apreciado por todos, pero siempre aborrecido por Cn (Calderón) y algunos RR (realistas)” (7).

Otro retrato de Gallardo


   Sus quejas epistolares fueron casi una constante, pero dejando siempre claro quiénes eran los verdaderos culpables de sus desdichas. En otra ocasión escribió:

   “En Castro amigo, mi vida y mi honra están pendientes de un cabello. Esta gente es atroz, pero no hablo de la gente de gallaruza, la de corbata es la mala. El brazo fuerte que aquí podría escudarme, no hace poco en defenderse así  propio, y por desgracia además, está siempre pronto a mi ofensa, al más leve amago de ofensa que le hagan sus contrarios. ¡Si usted supiera que villana y bastamente me tratan! (8).

    Este fragmento de su correspondencia nos corrobora que el poder efectivo durante aquellos convulsos años en Castro lo ostentaba clara y prepotentemente los Voluntarios Realistas, mientras que la primera autoridad municipal, don José Tercero Luengo, se limitaba a hacer la vista gorda y le faltaba valor como para poner freno a las tropelías de aquellos.

    Entre la escasa producción poética que se le conoce a Don Bartolo, destacan dos poemas gestados  durante su destierro cordobés. Su obra maestra lírica es un delicado romance titulado Blanca Flor, compuesto y firmado desde Castro del Río, publicado por primera vez en el Diario Mercantil de Cádiz en 1828. Incluido en varias antologías de poesía española, está considerado por algunos especialistas como precursor del Romanticismo en España.
    Otro poema, también compuesto en Castro en 1929, de cuya estrofa primera me he servido para titular la entrada, es el conocido como “A Zelinda, preso y ausente”, subtitulado “Romance”. Son redondillas octosílabas, en las que como los romances forzados, se dirige a su amada, lamentando su ausencia:

    Ausente, y en tierra ajena
sin la luz de tus luceros,
entre garamantas fieros
arrastro dura cadena,
    Y el alma en ti, bien que adoro,
cantando engaño mis penas,
como al son de sus cadenas
el cautivo en grillos de oro.

     El resto del poema, así como una merecida reseña biográfica dedicada al Comandante de “aquellos garamantas fieros”, el ya mencionado Lorenzo Antonio Calderón, para no extendernos en demasía, lo dejaremos para próximas entradas.

NOTAS

(1)    Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. Año X. Abril - Mayo de 1906. Números 4 y 5. Ángel M. de Barcia / D. Francisco de Borja Pavón: traducciones de poetas latinos. Contiene numerosas anotaciones de Francisco de Borja sobre sus visitas en Madrid a Bartolomé José Gallardo.
(2)    Correspondencia de don Bartolomé José Gallardo (1825-1851) / Antonio R. Rodríguez Moñino.1960.
(3)    Ángel M. de Barcia / D. Francisco de Borja Pavón: traducciones de poetas latinos.
(4)    Op.cit. de Rodríguez Moñino.
(5)    Ibidem.
(6)    Durante los meses de mayo y junio de 1853, al año siguiente de su muerte, el erudito cordobés Luís María Ramírez de las Casas Deza, se convirtió en su primer biógrafo, al publicar por entregas, en el Semanario Pintoresco Español varios artículos sobre la trayectoria vital del  polifacético Bartolomé José Gallardo. Su amistad parece remontarse a su etapa de destierro en Castro del Río (Córdoba) durante la cual llego a visitarle y mantuvo una profusa correspondencia con él, cuyos manuscritos se conservan en la Biblioteca Nacional.
(7)    Rodríguez Moñino, A. “Don Bartolomé José Gallardo (1776-1852). Estudio bibliográfico”. Madrid 1955.
(8)    Ibidem.

    Para referenciar algunas y localizar otras de las vicisitudes sufridas por Gallardo en Castro, me ha servido de guía el meritorio e interesante trabajo del bibliotecario Antonio Flores Muñoz titulado “Castro del Río y D. Bartolomé José Gallardo (1827-1831)” que vio la luz por primera vez en la Revista de Feria de Castro del Río del año 1990, cuando había que proceder aun cual ratón de biblioteca para poder acceder a las fuentes.


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